Cualquiera los ve deambular por las calles y centros comerciales de las pequeñas como grandes ciudades de Suramérica. Los acompaña un gran anhelo, por que este año, así creen, sus deseos serán colmados y la felicidad, aunque efímera, les dará la mano, por escasos días.

Los rostros tristes, miran, remiran y observan las vitrinas, donde expenden, todo aquello que esperan, pero pasa un año tras otro, promesas , que vendrán tiempos mejores y nada, nada,…. solo una frustración más.

Los rezos, oraciones y plegarias al hijo del Dios cristiano, se quedan sin respuesta positiva. Pero, hay seguir haciéndolo, para ver si el ser celestial pierde su sordera y escucha. Por que, alguna vez, debe oír, Ellos creen, lo que dice el sacerdote, que Jesús es amigo de los niños y niñas.

Los padres cruzan un calvario similar, sus escasos ingresos alcanzan para cubrir, una alimentación precaria, que dista de la ideal para los infantes, donde la leche, los huevos, las carnes, son artículos de lujo y llegan a sus mesas solo en ocasiones especiales. El vestuario, siempre es de reestreno, casi nunca nuevo. Con esta situación, pensar en regalos navideños, es casi una fantasía.

Ellos, también sintieron de niños, esa rabia, impotencia, envidia y dolor, al contemplar, a los otros infantes, con una mejor suerte, disfrutando de sus juguetes y muchos regalos. Piensan, que es imposible razonar con sus hijos, muy pequeños, que todo eso, tiene su nacimiento, en la desigualdad social y en la mecánica de un sistema económico donde muchos, pero muchos, deben trabajar para que unos poquísimos despilfarren y vivan con holgura y comodidad.

De todas formas, que viva la navidad, para que los comerciantes engorden sus cuentas bancarias y que siga imperando el consumismo, aunque para una gran cantidad de niños y niñas, sea una época infeliz y sus corazones llenos de tristeza, comience a germinar un resentimiento social.