Salí de prisa del hotel, eran alrededor de las 5 de la mañana, quería comprobar si lo que un programa de televisión había divulgado meses atrás era cierto. Y en vista,  que estaba en esa ciudad, iba a cerciorarme de esa denuncia.

En una de las calles centrales, como algo inusual, las ferreterías estaban abiertas, esperando sus clientes, pero no eran personas vinculadas a la construcción, sino jóvenes, niñas y niños, que entraban sucios, muchos desarrapados e invadidos por el frío matinal.

Todos salían con un pequeño frasco, en que una vez en la calle, destapaban presurosos y comenzaban a oler. Una sensación de alivio, se reflejaba en su rostro, en algunos era de bienestar y en cierta manera de sosiego acompañado con trazos de alegría.

Lo que olían es un pegante, que los constructores usan en sus labores, pero que para ellos es una droga psicoactiva.  Sus efectos son similares a la marihuana pero su valor es inferior. Un frasco promedio cuesta alrededor de 50 centavos de dólar y puede durar hasta un día para inhalar su contenido.

Es la droga para los más pobres, los niños, niñas y jóvenes de la calle, que no consiguen un ingreso alto en sus actividades ilícitas o de prostitución.

El inhalante ser sirve para soportar el frío, el hambre y además les da valor par ejecutar sus fechorías; además es la droga de iniciación, luego vendrán la marihuana, el bazuco, la coca, la heroína y las drogas químicas que son más costosas.

La mayoría llega a la calle huyendo del maltrato familiar, los abusos sexuales, los golpes, la violencia y otros buscando a través de la prostitución como del robo, algunas cosas que sus padres no pueden ofrecerles por su pobreza, como son vestidos de marca, licores y una vida  nocturna en las discotecas.

Ese es un drama desgarrador que afronta, una parte de nuestra sociedad, que para nuestra vergüenza,  len su mayor parte son niñas y niños.