La muerte para la inmensa mayoría de personas, es causa de dolor y desolación. Ninguno estamos preparados para recibirla, aunque sabemos que tenemos que encontrarnos con ella y cogidos de la mano transitar hacia lo desconocido.

 

Para unos pocos, la muerte es un negocio muy lucrativo pero algunas ocasiones es infame e inhumano. Lo hacen sin respetar el dolor ajeno y solo buscan unos billetes más, viendo en el moribundo una mercancía potencial que les puede representar una ganancia.

 

Estos agentes de la muerte deambulan cerca de los hospitales y clínicas, al acecho de aquellos enfermos que están a punto de fallecer. Sus contactos internos les permiten estar informados tanto de la salud del paciente como de los familiares, a quienes, sin consideración a la pena que los embarga, les ofrecen sus servicios y como cualquier vendedor les muestran los catálogos con las distintos tipos de sepelios y por ende, del costo de cada uno; porque hasta en la muerte existen diferencias sociales, las que son marcadas por el nivel de riqueza.

 

En los hospitales, a raíz de la situación descrita, se presentan situaciones surrealistas, como las que ofrecen estos negociantes tratando de conseguir un cliente, donde varios vendedores al mismo tiempo, muestran sus folletos, indican los precios, señalan ventajas, se codean entre ellos, se irritan, se ofenden, se........, mientras los familiares lloran y sus cuerpos son estremecidos por el dolor.

 

Al lado de la muerte florecen muchos negocios: las floristerías, los fabricantes de los ataúdes, los cementerios, los embalsamadores, la incineración, los lotes funerarios, la fabricación de lápidas, los músicos, los ritos religiosos, los seguros, los servicios de transporte y muchos más. En pocas palabras, la muerte es una verdadera industria.