Entraron la camilla a prisa, Marcela sangraba y el rostro era de un blanco fantasmal. Entraron directamente al quirófano, donde un médico y algunas enfermeras la esperaban para atenderla.

 

En los rostros de la madre y el padre, eran una representación del dolor, si era un dolor profunda que penetraba sus almas, las lágrimas bañaban sus caras y solo deseaban que Marcela saliera avante del percance.

 

Marcela, era hija única y hacía pocas semanas que le habían celebrado los ocho años, era una niña con muchas aptitudes artísticas, también se destacaba por sus dotes de líder en las campañas para ayudar a las personas, especialmente niños y niñas, que tenían escasos recursos económicos, siendo para ellos, como una especie de hada madrina.

 

Pero ese accidente de transito, inesperado como todos, la tenía postrada en el quirófano del hospital local, donde el médico después de valorarla, le dijo a la enfermera: "hay que realizar una transfusión de sangre, inmediatamente", "averigüe el RH". La enfermera le tomó una muestra de sangre a Marcela y salió de prisa.

 

En el pasillo la madre la abordó para preguntarle por la hija. "Esta recuperándose, una vez se le haga la transfusión, estará fuera de peligro". La madre abrió los ojos como una loca, el rostro se le descompuso y le gritó: "No autorizo la transfusión. Eso va contra la ley de Dios". La enfermera, no podía creer lo que escuchaba y le respondió: "Es la única forma de salvarla",  "Es su hija".

 

"La ley de Dios está por encima de cualquier cosa", "Nosotros los Testigos de Jehová, no aceptamos la transfusión de sangre, aunque nos cueste la vida", "Dios la salvará".

 

La madre corrió hasta el quirófano, abrió la puerta y le gritó al médico: "No autorizo la transfusión, nosotros somos Testigos de Jehová", el médico estaba estupefacto, no entendía lo que pasaba, solo atinó a decirle: "Si no le hago la transfusión la niña muere", a lo que ella dijo: "Si es la voluntad de Dios, así será".

 

Mientras tanto, a Marcela la vida la abandonaba, su cara comenzaba a ponerse muy lívida y los aparatos comenzaban a señalar datos preocupantes sobre los signos vitales. "Mire, señora, la niña se nos va", ella solo se arrodilló y comenzó a orar.

 

El doctor salió para la oficina del Director del hospital, sin anunciarse entró y le comentó el caso, el abrió una gaveta del escritorio, sacó una hoja y salió a grandes zancadas, rumbo al quirófano, solo dijo: "Yo le sacó la firma de autorización a esa loca".

 

"Señora, firme la autorización para la transfusión o si no, su hija se muere", ella lo miró y respondió: "Hay que respetar la voluntad de Dios, los Testigos de Jehová, no aceptamos la transfusión de sangre, eso va contra la voluntad divina", el médico, con ira por la intransigencia le espetó: "la niña se muere, sálvela por amor de Dios, no deje que su hija se muera". Otra vez , la madre se arrodilló y reinició sus oraciones.

 

Los sonidos de los aparatos, comenzaron a emitir sonidos con un ritmo frenético y después el silencio total. Una enfermera solo dijo: "La niña murió".