Alba corría, saltaba, sonreía, era feliz. Las verdes montañas eran el marco natural para la pequeña casa familiar, a la cuál rodeaban un cafetal, que por las épocas de florescencia emanaban un aroma delicioso y anunciaba la próxima cosecha.

 

Arcebio Alvarez , el padre de la niña, era un curtido campesino, recio e introvertido, Veía crecer a la hija, Alba, de apenas seis años, que para el era una belleza.

 

Cada día que pasaba, la presencia de Alba, lo perturbaba más y más; ya las miradas que le lanzaba no eran de un padre, sino las de un hombre hacia una mujer, olvidando que apenas era preadolescente y que era su sangre, su hija.

 

La llamaba, la abrazaba, la acariciaba, las manos recorrían el cuerpo fresco, inocente de la niña, le rozaba sus glúteos. La sentaba en sus piernas, para recorrer, con sus manos toscas, la piel fresca, lisa de las extremidades de su hija. Era en esos momentos, cuando la niña saltaba y huía. Así comenzó el horror, el calvario de su vida.

 

Esos encuentros se volvieron frecuentes, diarios. Hasta que un día, sin miramientos la violó; Alba recuerda esos instantes espantosos con dolor y vergüenza, siendo el inicio de muchos años de dolor, amenazas, golpes y maltratos. Desde que la desfloró, la amenazó con golpearla y matarla, si contaba lo que sucedía.

 

Pasaron muchos años, más de 30 años, en ese infierno, lleno de dolor, abusos, maltratos y vergüenza. Los viejos vecinos, que sabían que ella era su hija, fallecieron; mientras los nuevos, quienes vivían a las de media hora, creían que era su esposa.

 

Dadas esas circunstancias, nadie sospechaba, esa relación incestuosa. Mientras tanto, Alba confrontaba un fuerte debate interno, sus creencias religiosas, le decían que andaba en pecado y de seguir su alma se condenaría e iría a parar a los brazos de satanás, una vez muriera.

 

Era una lucha interior fuerte, pues al denunciarlo, los amigos y conocidos, la tildarían como una mujer mala y sus hijos serían el blanco de las burlas de los compañeros de la escuela.

 

Hasta que un día, con mucha angustia y miedo, y observando que estaba poniendo sus ojos sobre las hijas -nietas,  bajó a Mariquita, un pequeño poblado anclado en la llanura tolimense colombiana, hizo la denuncia ante las autoridades locales, en medio de lágrimas y vergüenza.

 

El abusador, negó todo al comienzo, argumentó que no era su hija sino una hijastra, lo que sirvió para su abogado alegará, que su defendido no había cometido incesto. Después, la prueba de ADN, reveló que si era la hija.

 

En estos momentos, existe una fuerte discusión jurídica, al considerar que debido a los años transcurridos, el delito precluyó y que por tener más de 58 años, la condena puede ser muy corta.

 

Mientras tanto, el MONSTRUO DE MARQUITA, espera el veredicto de las autoridades.