En sus orígenes, que se remontan a 1556, los pasos de las procesiones de Semana Santa de Popayán, cargados por hombres humildes, eran armados en sencillas andas, sobre las cuales iban las imágenes traídas de España por los conquistadores.

Desde sus inicios, las procesiones de Popayán han tenido una estricta organización, respetada por toda la comunidad a lo largo de su historia. De ahí que esta tradición esté tan arraigada en el sentimiento colectivo. En todas las épocas los payaneses han contribuido al esplendor de esta magna celebración. Con la prosperidad económica, a mediados del siglo XVIII, se inició la Edad de Oro de las procesiones de Popayán, con el aumento de estos desfiles y, por ende, con nuevos y magníficos pasos. Igual sucedió en las centurias siguientes, porque ésta no es una tradición estática, sino vigorosa y dinámica. Basta ver el entusiasmo de los jóvenes por esta celebración. Desde temprana edad aspiran a un "barrote", y mientras ello sucede, miden fuerzas "pichoneando" cuando salen los pasos de las iglesias y a su retorno.

La institución de las procesiones se ha mantenido, porque contra todo lo que se cree, no es solamente una elite la que participa en ella. Debajo de las andas no hay distingo social ni económico. El barrote es transmitido de padres a hijos, bien sean descendientes de familias tradicionales o de ciudadanos anónimos. Igual sucede con quienes desempeñan otras labores en las procesiones, como son los síndicos, regidores y sahumadoras.

A lo largo de su historia y pese a las vicisitudes por las que ha atravesado Popayán, especialmente a causa de las guerras intestinas, no se han dejado de celebrar sus procesiones porque ellas constituyen, además de una manifestación masiva de culto católico, una tradición que nació con la ciudad y se fue enriqueciendo. El elemento artístico esencial de esta conmemoración es su imaginería por medio de la cual se recrean los personajes y las escenas de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Alrededor de esta festividad se congrega toda la comunidad sin distingo alguno, y la ciudad muestra en todo su esplendor una invaluable herencia que ha mantenido y defendido con ardor durante su existencia.