La llamaban la abuela y era la prostituta más antigua del bar. Tenía 78 años y era la única que trabajaba sin descanso. Los hombres la buscaban, la esperaban y se exasperaban cuando debían esperar más del tiempo establecido.

 

 

No hay ningún secreto, decía. Ni siquiera hace falta acariciarlos. Sólo necesitan a alguien que los escuche sin reproches, que los deje llorar sin herirlos y que no aconseje.

 

 Autor: Alejandro Ramírez