Últimamente he descubierto un fenómeno bastante interesante en el mundo masculino que es bastante preocupante: el miedo a las mujeres y al mundo femenino. He visto con asombro en mi sitio de trabajo, en la calle, con mis amigos, en todo lado hombres temerosos de las mujeres, que les tienen puro miedo y pánico a lo que ellas puedan decir, que creen que el mundo femenino es un algo totalmente diferente de ellos y que por ello hay que temerles, porque son demasiado seguras de sí mismas, porque tienen pretendientes a montón, porque reparan en la belleza física de nosotros los hombres, porque sus orgasmos son inalcanzables y simplemente nunca están satisfechas, que se burlan en secreto de los hombres por inútiles, que los regañan, que los hacen sentir mal, que los manipulan, que los engañan, que son infieles, que son mentirosas, etc.

Recuerdo a alguien tenerle tanto miedo a su jefe (que es una mujer) que decide nunca decirle que NO a nada para no desatar en ella la furia y que lo regañe. Y ese mismo hombre está muerto del miedo porque en su área la mayoría son mujeres que lo tienen amedrentado con su temperamento.

A eso me refiero cuando hablo de hombres castrados, que simbólicamente han perdido su masculinidad, su virilidad, y se han convertido en personas socialmente impotentes frente a las mujeres, que las consideran como seres peligrosos, vengativos, irascibles o simplemente inalcanzables, y que ceden de forma pusilánime a todas sus demandas, caprichos y que al comportarse así propician que estas mujeres les pierdan el respeto, abusen de ellos, se aprovechen de su posición (como jefa, esposa, novia, amiga) y los sometan, como una persona sometería a un perro. Eso crea un círculo vicioso de maltrato y una actitud perdedora, poco masculina en el hombre.

 

Y ojo, no estoy acá promoviendo comportamientos machistas, ni creo que el hombre debería estar por encima de la mujer. Simplemente este escrito busca que recuperes tu rol y que rescates un poco esa confianza, esa seguridad y ese respeto por ti mismo que debes tener y que todos los demás deben tener. Y me refiero a los casos específicos en los que los hombres están claramente en desventaja respecto a las mujeres de su entorno, bien sea porque las ponen en un pedestal por su belleza o por valor social o porque han sido amedrentados por mujeres caprichosas, demandantes, jefas abusivas o explosivas.

.....[En este post ...ilustra lo que creen muchos hombres de la naturaleza femenina: una carga de belleza, exotismo, secreto, vanidad, maldad y manipulación. Revisando la literatura, la filosofía y la historia es posible rastrear desde antiguo el temor del hombre a la malignidad femenina. Recorre la imaginación humana como un fantasma y se plasma en todas las formas de arte.

Revisando la psicología y el psicoanálisis encuentra uno las míticas diosas madre, de la que el resto de personales míticos femeninos proceden, encarnan misterios insondables. Su capacidad generadora de vida lleva implícita la muerte; su maternidad, en ocasiones puede llegar a tener una connotación dominante, avasalladora, siniestra. Todos al fin y al cabo venimos de una mujer, que es una encarnación simbólica de la madre naturaleza. Allí comenzó el miedo, nos dirá el psicoanálisis. Si bien la madre puede ser sabia, protectora y tierna, en ocasiones también parece inmensa, infinita, todo poderosa, agobiante. A los ojos del hombre la mujer siempre será amada y deseada y a la vez temida y odiada.

Aunque el miedo a las mujeres tenga algo de práctico y real sus bases son profundas, inconscientes, simbólicas en la mente de los hombres que se vuelven pusilánimes ante ellas, en la mente masculina que se deja castrar simbólicamente ante las mujeres que parecen apropiarse de su virilidad y tomar fuerza de ella. La mitología tiene relatos parecidos, es más, en un momento el hombre se siente superior a la naturaleza femenina y piensa en poder dominarla con su inteligencia, con su fuerza y se rebela, y no solo él, sino que trae consigo a dioses guerreros que se encargan de opacar a las diosas femeninas. Ellas, aunque aparentemente despojadas de su papel principal, siguieron plenas de sugestiones. Casi ocultas llevaban a cabo sus actos de manipulaciones. Adquieren en la mente inconsciente y simbólica del arte la forma de hechiceras, demonios súcubos, temidas brujas e incluso vampiresas. Ellas han impulsado el mundo desde hace tiempo, motivadas simultáneamente por sus caprichos y arrebatos despiadados, y actúan casi siempre movidas por intensas pasiones que las arrastran inevitablemente.

Las mujeres han dado cuerpo a lo incomprensible, por lo que le recuerdan constantemente al hombre que la naturaleza, la vida y el mundo no están bajo su control. Es por eso que jamás el hombre ha llegado a comprender plenamente a una mujer. Y siempre siente que hay algo en ella que no alcanza a prever ni descifrar, y a ese aspecto femenino le teme profundamente. Del mismo modo, a todo aquello que se le asemeja a ese comportamiento imprevisto, azaroso e instintivo, lo ha asociado a la mujer.

Este miedo tan antiguo llevó en épocas a que muchas mujeres fueran acusadas de brujas. En un principio, como herederas de las diosas, aparecen las hechiceras o sabias, que se transformarán eventualmente en brujas. También aparecerán en forma de súcubos, unos sugestivos demonios sexuales femeninos, antepasadas de las vampiresas, amantes de ultratumba, sedientas de sangre y de sexo. Todas ellas encarnan el antiguo miedo al incierto camino de la muerte, a la profanación de la sangre y a la impotencia sexual masculina. A las mujeres se les teme, por otra parte, porque atraviesan con facilidad el puente entre la vida y la muerte, porque pueden dar la vida. Pero sobre todo porque el poder que ejercen sobre la libido del hombre supera el control que éste tiene.

Y es tal el miedo que han despertado las mujeres en quienes solo esperan encontrar en ellas sumisión, fragilidad y delicadeza, que algunos llegaron a considerar que por su naturaleza la mujer estaba ligada a lo demoníaco y, de ese temor, surgió la imagen de la bruja. Dice Mario Praz en su obra “La muerte, la carne y el diablo”: “Siempre ha habido mujeres fatales en el mito y en la literatura porque mito y literatura no hacen más que reflejar fantásticamente aspectos de la vida real y la vida real ha ofrecido siempre ejemplos más o menos perfectos de femineidad prepotente y cruel.”

Hoy en día el miedo a femenino permanece, visto de formas concretas como el miedo a la esposa, a la mujer jefe, a la mujer bonita, etc. A los ojos masculinos la mujer siempre va a encarnar aquello que no se puede controlar ni comprender por completo. Sus comportamientos, intenciones, actitudes y sentimientos siempre escaparán a la estructura racional con la que el hombre pretende sentirse estable.

Ahora el temor masculino no se refiere al miedo inconsciente a perder el rumbo por enamorarse de una mujer, ahora tememos ser devorados en otros campos: el económico, el profesional, incluso el sexual por una mujer que acecha. La masculinidad histórica no ha podido reaccionar frente a una mujer que está reafirmando su independencia y pasa a ser la proveedora emocional y material de los hijos. El machismo, otra de las manifestaciones del miedo a la mujer, pierde su sustento y la idea del hombre proveedor sobre la cual se fundamentó la identidad y seguridad del hombre ha disminuido su fuerza. Incluso en las situaciones donde perdura el estereotipo de “la mujer de la casa”, destinada básicamente al cuidado de los niños y el hogar, dependiente e inactiva económicamente, o el de la mujer hermosa y frágil, dedicada exclusivamente el cuidado de su físico, el ocio o la sociabilidad, han ocurrido transformaciones sutiles, ocultas en los modelos tradicionales.

Si existen mujeres que ganan más económicamente que un hombre, o que tienen cargos de liderazgo superiores ¿cómo podemos entender nuestra masculinidad? ¿Cómo es posible seguir siendo alfa cuando estamos en una oficina con una mujer alfa?

Una de las consecuencias más interesantes que ha traído el miedo del hombre a la mujer es que, en muchos casos, la visión que tiene la mujer de sí misma la ha construido a partir del miedo que el hombre le ha tenido a ella. Pareciera incluso que la mujer llegara en ocasiones a temerse a sí misma. He escuchado de forma constante a mujeres decir que es mejor tener amigos hombres porque son más leales que las amigas mujeres, o escuchar que dicen que es mejor un enemigo hombre que una enemiga mujer, que es más traicionera, desleal y sin corazón.

Los movimientos feministas si bien abrieron un espacio de discusión en pro de la igualdad, en muchos casos derivaron en una competencia de géneros, que en el fondo, no satisfizo por completo a las mujeres. Es común oír que en la actualidad los hombres se sienten más amedrentados con las mujeres y que ellas, a su vez, sienten que pierden feminidad al tener que competir en entornos masculinos y pensar que tienen que ser varoniles para sobresalir. Para las mujeres el adquirir importantes cargos políticos, económicos o militares no resuelve las más profundas inquietudes femeninas, ni sus anhelos románticos.

Para nosotros los hombres, la liberación sexual ha sido un arma de doble filo, por un lado permite encontrar entornos sexuales de forma más abierta, trascender la barrera de la virginidad hasta el matrimonio y establecer más relaciones casuales lejanas al tabú. Así mismo, el hombre enfrenta el temor a la mujer promiscua, liberal, que vive su vida sexual de forma independiente, abierta y con exigencias altas de desempeño, esto ha generado hombres con miedo de la libertad sexual femenina y mujeres orgullosas de su libertad que se la restriegan en la cara a los hombres, diciéndoles “si quieres estar conmigo los estándares son muy altos, te voy a pedir mucho pero mucho placer.”

Dice Jean Delumeau en “El miedo en occidente”:

“En el inconsciente del hombre la mujer suscita una inquietud, no sólo porque ella es juez de su sexualidad, sino porque él la imagina insaciable, comparable al fuego que hay que alimentar sin cesar, devoradora como la mantis religiosa. La mujer le resulta ‘fatal’. Ella le impide ser él mismo, realzar su espiritualidad, encontrar el camino de su salvación. La mujer es acusada de ser un ‘placer funesto’, de haber introducido a la tierra el pecado. El hombre busca un responsable de haber perdido el paraíso terrestre y encuentra a la mujer.”

 La pregunta de reflexión que quiero dejar con este escrito, es cómo es posible dar el paso del miedo a la mujer a la colaboración con ella. Cómo romper el lazo de dominación que muchas ya han establecido sobre los hombres. Cómo recuperar la masculinidad para recuperar el respeto perdido, mostrar confianza y recuperar la igualdad en las vidas de muchos hombres.

Creo que una primera respuesta está en revisar para nosotros que es ser hombre, varón, masculino, y qué es lo que en realidad es una mujer. Y a partir de allí revisar nuestros miedos, y cómo algunas los utilizan como mecanismo de poder y manipulación. Es importante saber que la idea no es discutir, o remontar la ventaja, es simplemente recuperar espacios de autonomía, de libertad, de capacidad de decir que NO, de hacer las cosas como consideramos que son correctas, de poder enfrentar una discusión si ella es fruto de tomar nuestras propias decisiones.

Un seductor no puede seducir a una mujer sobre la base del miedo que se les tiene porque son muy hermosas, o porque son demasiado libres e independientes, o porque se proveen a sí mismas. En el fondo ellas siguen teniendo las mismas necesidades afectivas, son las mismas niñas que jugaban a las muñecas y que quizá tienen sueños y metas, que tienen un centro emocional que puede ser estimulado si sabes cómo acercarte a él, pasando por encima de la superficie tosca que ha inventado para desconcertar a los hombres y a las demás mujeres. Como hombres debemos desarrollar ese mismo exterior lleno de seguridad, que obviamente debe corresponder a un interior idéntico, y dejar el miedo y reemplazarlo por seguridad. Quizá ese sea el camino por el cual muchos hombres pueden recuperar el respecto de las mujeres que los rodean.

Ahora estoy estudiando los arquetipos del miedo femenino en la mente histórica de los hombres. Espero pronto poderles compartir algunos de estos: las diosas, las brujas, las vampiresas, las hechiceras. Esto quizá nos ayude a exorcisar más de un demonio que tenemos presente en forma de mujer en nuestras mentes.

Que comience la cacería!

Fuente: Aquí