35 penitentes pagaron sus 'mandas' en esa población de Atlántico, siguiendo una tradición de hace más de un siglo.

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Como si nunca más lo volvería a ver, Sandra se aferra a las piernas de su padre con la fuerza de sus 3 años de vida. Sus otros tres hermanos lo abrazan, besan y persignan, mientras dos funcionarias del Bienestar Familiar intentar convencer a Yeurys Castro que sus pequeños no pueden iniciar el recorrido con él, uno de los flagelantes de ayer en Santo Tomás (Atlántico).

Partió de su casa, ubicada a dos kilómetros del inicio del recorrido, con la estima parecida a la de un boxeador antes de subir al cuadrilátero en busca de un cinturón mundial. "Ahora no debes pensar en dolor, en las 14 cortadas que se te harán y tampoco en lo caliente que puede estar la arena del camino. Dios te está mirando y espera que le cumplas así como él te cumplió a ti hace cinco años", le dice uno de los seis amigos que lo acompañan camino al punto de partida.

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Vestida como si fuera para una fiesta, Lilia Castro, de 13 años, si pudo pasar el 'retén' que montó la Policía y el ICBF metros antes del Caño de la Palomas, sitio donde los penitentes se preparan para iniciar la cruel marcha de casi una hora, a fin de evitar que los más pequeños acompañen a sus padres.

"Eso sí que debe dolerles. Se nota que están con Dios, por qué cómo explica uno ese fervor y amor por lo sagrado", dice una cachaca limpiándose la cara de las gotas de alcohol y sangre que le salpicaron de un flagelante.

Yeurys se arrodilla, estira las piernas y frota en sus manos la tierra amarrilla y caliente del lugar. No mira a nadie a los ojos. A él, todos lo miran.

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"Yo también pago mi pena. Me asoleo por horas y me lleno los pies de polvo, solo para venirlos a ver", exclama Rosario, quien llega de Barranquilla año tras año.

Con los labios pintados de rojo y con un vestido de morado que llega hasta el suelo, una señora de aproximadamente 50 años carga una cruz de madera más grande que ella. Su esposo, quien no tiene nada que pagar o pedir, más que acompañar a su pareja, lleva varios recipientes plásticos con agua, y le abre paso entre la multitud.

Detrás de ella, sigue el paso un tomasino que reside en Venezuela y quien cumple su segunda de nueve citas con la disciplina, látigo del cual cuelgan siete pelotas de cera que en cada paso golpea sus caderas.

"¡Hey! Pégate aquí, no ves que lo estas haciendo mal. ¡Estos novatos!", expresa Mariano Fuentes, de sombrero vaquero y botas negras.

"Yo fui flagelante y conozco bien el cuento. De hecho vengo a socorrerlos y a guiarlos", agrega, jactándose de ser un veterano en esta tradición.

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El olor a sahumerio se mezcla con el de cerveza y el ron barato empacado hasta en bolsas.

Hay turistas a cada lado de la vía por donde pasan los penitentes. A los niños, que no parecen asombrarse de la práctica, se pelean los puestos de honor.

Renegando con su rostro, Nubia camina de espaldas, con los pies descalzos y en cada cruz, de las siete que hay en todo el recorrido, se arrodilla y toma un trago de licor. "Cada quien le da gracias a Dios a su manera y le pide como quiera", dice, quemándose los pies. La temperatura está cerca de los 30 grados.

Yeurys da varios pasos hacia delante y hacia atrás. Se golpea con la mano derecha en cada extremo de cadera. Tan rápido como su paso, su carne se va poniendo morada y la hinchazón le avisa al picador, hombre que lo cortará con una cuchilla. Son siete cruces que deben quedar marcadas en su piel. Su hija Lilia se queja por él.

Con tufo a ron y con medio cigarro en la boca, Nicolás Santiago, picador de turno, le golpea las heridas, y cada vez más fuerte se las restriega con alcohol hasta formar espuma.

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"¡Ya está listo! ¡La cuchilla!", grita con la frialdad de la experiencia de más de 20 años 'picando' a los penitentes. "¡Ayyyyyyyyyy!", gritan decenas de curiosos que alimentan su morbo viendo como a Yeurys le cortan la piel 14 veces.

La mano no le tembló. "No es sencillo lo que hago, pero la cuestión está en el pulso", dice el hombre mientras recibe otro trago y finaliza con tono burlesco: "Qué Dios te acompañe y no te cobre más". Enseguida va en busca de otro penitente, pues dice debe 'picar' a más de 20.

Los niños son los que más corren a ver. Y los turistas, que llegan de todos los rincones del país, se sientan bajo cualquier sombra, consumiendo cuanta cosa le ofrezcan. Los tomasinos hacen su feria con las penas de otros.

Esta practica data de más de 100 años de antigüedad, siendo el municipio de Santo Tomás (Atlántico), el único de Colombia que tiene esta tradición.

Sergio Manuel Guetes mira a la gente desde su banco, se soba las cicatrices de 20 años de flagelación y cuenta abrazando a su nieto que cuando tenía 15 años su padre murió y quedó debiendo tres mandas. Así fue entonces cuando decidió pagarlas. Luego una sobrina se enfermó y en penitencia le pedió a Dios ayuda. Hace 18 años uno de sus siete hijos sufrió una parálisis facial, le ofreció al Todopoderoso flagelarse de por vida si éste le curaba a su pequeño en ese entonces.

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"Se curó sin la ayuda de un médico, ahora me toca cumplirle a él", dice.

Por la calle no se ve a ningún cura o religiosa, pues esta practica es fuertemente criticada por la iglesia. Este año no hubo niños cargando cruces, pues las autoridades no lo permiten. Pero hubo incremento de penitentes, cerca de 35.

Al llegar a la última estación, Yeurys se arrodilla, susurra unas palabras y sigue otro camino hasta la puerta de su casa. Allí lo esperan todos sus otros tres hijos, su papá, la música del picó de la esquina y varias botellas de ron. 

Su hermano mayor le pide que se apoye sobre la pared donde hay dibujada una cruz con carbón. Le rocía de nuevo más alcohol y empavona sus heridas con romero. Lo envuelve con un paño, para cicatrizar más rápido y bajar la hinchazón.

Dentro de su casa de tablas, se quita el capirote, capucha que luce en todo el recorrido, y la falda con diminutas cruces negras bañadas de sangre. Su amigo Iván, que lo acompañó de principio a fin, le pide la disciplina, pues ahora el turno le corresponde a él...

 

Fuente:  LEIDYS MORALES SEVILLA