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Es muy posible que cuando termines de leer esto, acabes pensando de mí que soy una amargada y que no merezco estar en este mundo de estupendos. Pero nada más lejos. Sólo soy una enamorada de ese lado oscuro llamado odio.
Es verdad que dejar de fumar (otra vez) ha podido ayudar a que me encuentre en este estado tormentoso. Se me pasará, no hay de lo que preocuparse. Aún no he llegado al punto en el que tengas que compadecerme por ser una infeliz. No lo soy, pero permíteme que me autointoxique. En el fondo me gusta.
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Si lo que quieres es algún ejemplo de cómo una persona, aparentemente encantadora, puede atormentarse sin ayuda de nadie, no te preocupes, yo te los daré. No te pido que me comprendas, pero sí te pido que no me juzgues. Si vas a hacerlo, lárgate de aquí, nadie te dijo que entraras a un lugar cuyo título es "odio, odio, odio". Puedes imaginarte de qué va la vaina.
Como es muy probable que sepas (me encanta vender mi intimidad), de un tiempo a esta parte he cogido un extraño "gusto" a eso de ir al ginecólogo. Qué le vamos a hacer, están empeñados en revisarme lo revisado. Tan habituada me siento ya en ese ambiente, que el otro día fui capaz de mantener una deliciosa conversación con mi médico sobre literatura contemporánea mientras que mis bragas, medias y pantalones seguían colgados de un perchero. Y no, no estaba en la camilla. Y no, no me acuesto con él.
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El caso es que, curiosamente, lo que me resulta duro de ir al ginecólogo no es el hecho de que me metan todo tipo de artilugios por mi partes nobles (una se hace a todo), lo que no puedo soportar, es la maldita e insufrible sala de espera.
Casualmente, cada vez que tengo que ir al ginecólogo, todas las embarazadas del planeta tienen que hacerlo conmigo. Hace tiempo que llegué a la conclusión de que lo hacen para mortificarme. Sólo tengo que mirar sus abotargadas caras para darme cuenta de ello.
Te juro por mis bajos fondos que no soy especialmente neurasténica pero, qué quieres que te diga, cuando una tiene su útero remendando y lleno de parches, no le gusta juntarse con mujeres a punto de estallar. Manías personales.
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Bien saben los dioses que esos especímenes conspiran en mi contra y que me tratan como un bicho raro. Cuchicheando, las muy embarazadas, puedo oírlas decir: bah, ni te fijes en ella, es una infecunda contagiosa que no merece vivir.
Después hacen su particular aquelarre y me miran por encima del hombro mientras hablan de vómitos y grietas en los pezones a sabiendas de que yo no tengo opinión sobre esos temas (si ellas supieran... probablemente tenga más experiencia que cualquier de ellas en lo que a vómitos se refiere, aunque sobre lo de los pezones no tenga mucho que decir, bien es verdad que podrían darme la oportunidad de poder documentarme con alguna técnica masoquista).
En resumen, que aún yendo preparada como voy (auriculares y libro enciclopédico muy grande para no verlas) ellas se empeñan en hacerse notar. Son las mismas que luego traen al mundo a Belcebú y se preguntan que es lo que han hecho mal en la vida: ¡ser un auténtico tostón en las salas de espera, eso es lo que hacéis mal!
Entonces es cuando me salto esa norma tácita que todo el mundo conoce de no detestar a las mujeres embarazadas y me regodeo odiándolas con toda mi alma y mi ser. Y mientras sostengo una gota de odio en el lagrimal, no puedo más que rezar para que todas y cada una de las anestesias epidurales desaparezcan como por arte de magia del país. Y ya puestos, del planeta.
El odio te lleva a segregar más odio (mi experiencia personal me lo dice), y cuando una está metida en ese círculo de hostilidad, le coge el gustillo y, como deporte nacional, se dedica a odiar a todo quisqui. Es un círculo vicioso.
Pero si lo que quieres es escuchar algo sorprendente y contradictorio, escucha esto que te voy a contar: mis ansias de odio llegan tan lejos que entre mi grupo de "amigos" de facebook, tengo gente a la que odio y a la que, en el mejor de los casos, les deseo que les retuerzan los brazos y les den de comer sus propios excrementos.
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Sin embargo, no puedo negarles mi amistad, necesito tenerles cerca para tener muy claro qué tipo de persona es en el que no quiero convertirme.
Odio a quien se declaran adicto a la moda sin declararse adicto a nada más (aunque sólo sea para compensar su simpleza). Odio a los hombres que odian a las mujeres y odio a las mujeres que odian a los hombres. Odio los coches tuneados y a los ositos de peluche. Odio a quien no escucha y a quien no para de hablar de sí mismo. Odio la mediocridad, la insuficiencia y la estupidez. Odio los tirantes transparentes y los zapatos sucios. Odio a los gorrones, a la gente tacaña y a quien escribe "jajajajaja" cada vez que termina una frase.
También odio a la gente que arrastra los pies.
Y así, podría pasarme el día entero... odiando sin parar...
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NOTA 1: Si vas a ponerme un comentario de aliento, de ánimo, hablándome del zen, de la ley de la atracción o del karma, ahórratelo. Lo borraré sin ningún tipo de piedad. Odio los comentarios dulces y positivos en posts amargos.
NOTA 2: En mi defensa diré que cuando amo, lo hago con la misma intensidad que cuando odio.
NOTA 3: Si quieres, puedes unirte al grupo de facebook de Pastelitos Envenenados pinchando aquí.
Publicado por Kiku Montejo..





4 comentarios
vampirela70 21 may 2011 | 01:09 AM
wow ! pues cada cosa ! y cada quien ! y bueno el articulo
saludos ;)
buen finde
abril-ale 21 may 2011 | 01:33 AM
Paso, no quiero degustar esos pastelitos envenenados. :O
El odio a quien más afecta es a quien lo siente.
Milloneeeees de besoooooooooooooos. :D
fenicia 23 may 2011 | 06:46 PM
Besotes!!
tess 23 may 2011 | 09:16 PM
Una palabra demasiado intensa, un sentimiento en exceso profundo... todos los odios relatados se pueden quedar en manías, rabias en distinto grado , pero de ahí al odio...
Hay gente odiosa, es cierto; pero no seré yo quien las odie; el odio genera malestar y ese no lo padece el odiado, sino el que odia.
Dejemos lo escrito como algo irónico, superlativo, sarcástico y podemos encontrar la parte positiva.
BesoTess amorosos.
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