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 El ciclo de la respuesta sexual consta de cuatro fases: excitación, meseta, orgasmo y resolución. A éstas se añadió posteriormente una quinta que, de hecho, precede cronológicamente a las anteriores: la fase de deseo.

Hay que resaltar que estas fases han sido diferenciadas de forma arbitraria, de modo que sirvan para esquematizar los hechos y faciliten su comprensión y estudio. En la práctica, no necesariamente tiene que ocurrir todo tan estrictamente como se describe.

Pueden darse numerosas variaciones entre personas, y en la misma persona según el momento. Por ello, durante la respuesta sexual no debemos estar pendientes de que todo ocurra de una manera predeterminada. Hay que conceder un margen importante a las posibles variaciones y, sobre todo, no aplicar nunca criterios rígidos.

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Al fin y al cabo, la sensación placentera que se obtiene de la respuesta sexual nunca va a depender de una mayor rapidez o intensidad en las relaciones, sino de la apreciación personal y subjetiva de cada individuo.

Durante la respuesta sexual el cuerpo muestra dos reacciones fisiológicas básicas. La primera es de vasocongestión, que supone un aumento del volumen de sangre que riega los genitales y otras partes del cuerpo: esto origina el aumento de tamaño y los cambios de coloración en estos tejidos.

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La siguiente reacción es de miotonía, y consiste en el aumento de la tensión muscular en todo el cuerpo a consecuencia de la estimulación sexual. Tanto la vasocongestión como la miotonía van en aumento a medida que avanza la respuesta, alcanzando su máxima intensidad durante el orgasmo. Inmediatamente tras él, los vasos sanguíneos se vacían, los músculos se relajan y se restablece el estado previo a la estimulación sexual.

Aunque existen numerosas similitudes entre la respuesta sexual femenina y la masculina -de hecho, las respuestas fisiológicas básicas son idénticas- las revisaremos por separado para su mejor comprensión.

 

Todo tiene un final: el período refractario

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El orgasmo supone para ambos sexos la rápida liberación de la tensión acumulada. A partir de aquí, sin embargo, se dan una serie de importantes diferencias entre el hombre y la mujer. Tal como hemos visto al hablar del orgasmo femenino, muchas mujeres no pierden el interés sexual tras el orgasmo y desean más estimulación y uno o varios orgasmos más antes de dejar que avance el proceso resolutivo.

Entre un diez y un quince por ciento de las mujeres tiene deseos y capacidad para ello. En cambio, poco más de un uno por ciento de los hombres es capaz de esta multirrespuesta. La mayoría de ellos, tras el orgasmo, tienden a volverse pasivos y entran en el denominado período refractario, un espacio de tiempo durante el cual el hombre es insensible a un estímulo sexual, por lo que le resulta fisiológicamente imposible tener otro orgasmo o eyacular de nuevo. La duración de este período varía mucho en cada individuo, pudiendo ir desde pocos minutos hasta varias horas. A mayor edad, mayor es el tiempo que dura esta fase de refractariedad, pudiendo llegar a ser, en hombres de edad muy avanzada, de varios días.

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Es importante señalar que no conviene «forzar» la respuesta sexual, intentando obtener una nueva erección o eyaculación durante este período. Si así lo hacemos puede ocurrir que, al intentar conseguir una respuesta refleja, inhibamos aún más su aparición, con lo que podemos provocar un problema erectivo o de dificultad eyaculatoria.

El regreso del cuerpo al estado previo a la excitación sexual se denomina fase de resolución. Durante esta fase, que incluye el período refractario en el hombre, se invierten todos los cambios fisiológicos ocurridos durante las fases de excitación, meseta y orgasmo.

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Desaparece el rubor sexual, si ha tenido lugar, y aparece en ocasiones una reacción de sudoración que cubre todo el cuerpo. Esta sudoración, cuando aparece, no tiene relación con el esfuerzo físico, sino que forma parte de la respuesta sexual. La erección disminuye y acaba perdiéndose. Los testículos disminuyen de tamaño y vuelven al interior del escroto. En la mujer, los órganos genitales vuelven a su tamaño y posición normales. Las mamas disminuyen de tamaño y el clítoris retorna a su estado de no-estimulación. También desaparecen los cambios de coloración de los labios menores y la vagina se colapsa para volver a ser un espacio virtual en vez de real.

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Algunos de estos cambios pueden ocurrir en cuestión de segundos si ha habido orgasmo. En cambio, si se ha producido una excitación intensa pero sin orgasmo, la fase de resolución es mucho más lenta. Puede ocurrir, en estos casos, que la congestión de sangre en la zona genital tarde un buen rato en resolverse. Esto puede acarrear dolor testicular en los hombres y una molesta sensación de presión o dolor pélvico en las mujeres. Si ello ocurre de forma aislada no tiene la menor importancia, pero si habitualmente se producen estimulaciones prolongadas que no se liberan mediante el orgasmo, puede ocurrir que con el tiempo aparezca una congestión crónica que dé molestias en forma de pesadez y dolor pélvico en las mujeres y de problemas prostáticos en los hombres.

 

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