¿Se autoevalúan igual los hombres y las mujeres? ¿Cómo mantienen una imagen positiva de sí mismo ambos sexos frente a los dictados de la apariencia, los cánones de la moda? En el momento de la paridad y la igualdad de sexos, ¿los hombres y las mujeres afrontan los mismos problemas en lo que a la aceptación de su cuerpo respecta? Nada está más claro...

 

Las mujeres frente a la moda

 

 

 Desde pequeña, la niña se ve sometida a las convenciones de la coquetería en vistas a seducir: bien sea ahuecándose el cabello, luciendo un vestido nuevo o disfrazándose de princesa, aprende a evaluarse y a realzarse. En la pubertad, época en la que la joven no controla su transformación física, se compara con una imagen ideal del cuerpo, vehiculado por las revistas y la televisión: el sufrimiento de la confrontación puede ser tan violento en este punto que a veces provoca trastornos anoréxicos

Sin embargo, pocas mujeres responden a los criterios ideales de la moda, que, además, evoluciona sin parar: desde la mujer regordeta del siglo XVIII o la mujer ideal delgada del siglo XX, a la mujer con curvas de la actualidad. En el siglo XIX, era de rigor protegerse del sol para mantener la piel blanca y, actualmente, ¡se busca el bronceado máximo! Así pues, la visión femenina sobre el cuerpo siempre está basada en una imagen impuesta por la sociedad.

 

Los hombres frente a las exigencias estéticas

 

 

El hombre no tiene el mismo deber de complacer, ya que tradicionalmente era él quien elegía a su "bella". Sus cualidades se enfocan en la acción, no en una imagen estética. Por ello -se puede comprobar analizando el físico de los políticos- la apariencia masculina a menudo es descuidada, excepto si llevan traje y corbata, al contrario del aspecto de la mujer, que se ve expuesta comentarios que no tienen nada que ver con sus cualidades profesionales. La norma masculina, aunque no se centra especialmente en el aspecto físico, impone otras leyes draconianas como no llorar, no mostrar los miedos, ser deportista y un apasionado de la aventura y, por qué no, se un macho... 

Visto lo anterior, ¿cómo podemos imaginar la igualdad entre hombres y mujeres en la valoración de sí mismos? Los complejos femeninos nacen de la inadecuación entre la imagen de una misma y una imagen ideal e inaccesible: los regímenes alimentarios afectan especialmente a las mujeres y están presentes en todas las esquinas, recordándoles así que, para seducir, deben perder peso. La mujer, si come demasiado, se siente mal en su propia piel, angustiada porque sabe que estropea su imagen y transgrede algo prohibido.

El hombre, al contrario, considerado un vividor si tiene buen saque, no se acompleja por sus kilos de más, que le dan una base social. Pero si es más bien pasivo que activo. Se sentirá perdido en la sociedad y podrá acomplejarse. Un adolescente que no se interesa por el fútbol, no persigue a las chicas o le da miedo tirarse a la piscina, se expone a las burlas de sus compañeros. Al no coincidir con la imagen convenida por la sociedad, el joven cree perder su credibilidad masculina. Consecuentemente, salvo si asume sus "debilidades", se focaliza demasiado.

 

¿Complejos de hombres y de mujeres?

 

 

Como hemos visto, aunque los complejos afectan de forma diferente a hombres y mujeres, son perjudiciales. Para superarlos, cada uno de be aprender a vivir con lo que es, aunque no encaje con el retrato robot diseñado por lo que hacen la moda. Estar acomplejado es temer a ser señalado por los defectos. Pero, ¿se trata de defectos, o de diferencias? Imponer nuestra alteridad libera los complejos. ¡No olvidemos que es la diversidad de los individuos lo que enriquece la sociedad!

 

M. Chouchan