Cuando el despertador te abre los ojos

cada mañana fría en tu aposento,

y aún no llega la luz, y te hallas sola

en la amplitud oscura de tu lecho,

¿en qué piensas, en quién? ¿Lloras acaso

al quebrarse las puertas de tu sueño?

 

Cuando al pie de la ducha te desprendes

del albornoz y, a solas, el espejo

te describe los íntimos detalles

que anoche no tocó nadie en tu cuerpo,

¿en qué piensas, en quién? ¿Lloras acaso

tanta carencia en tanto ofrecimiento?

 

 

 

Cuando las suaves lenguas diminutas

del agua tibia lamen los misterios

de tu sensualidad tan malograda,

y acompañan su tránsito tus dedos,

¿en qué piensas, en quién? ¿Lloras acaso

la ausencia de otras manos en descenso?

 

Cuando en el coche a tu oficina sales,

y escuchas en la radio los boleros

que quisieras bailar en la penumbra

de los salones, en estrecho cerco,

¿en qué piensas, en quién? ¿Lloras acaso

la servidumbre que te impide hacerlo?

 

Cuando el deber de la familia exige

las tareas diarias, brega y tedio,

de limpieza, cocina, adquisiciones,

que absorben el residuo de tu tiempo,

¿en qué piensas, en quién? ¿Lloras acaso

tu energía muriéndose en silencio?

 

 

Y cuando, derrotada, consumida,

no es tu alcoba raudal para el sediento,

y procuras dormir, pero no puedes,

huérfana de susurros y de besos,

¿en qué piensas, en quién? ¿Lloras acaso

de amarga soledad, de desaliento?

 

 

Y al fin, entre las sábanas exploras

una vez más la flor de tu deseo;

no son tus manos, pero son tus manos,

las que arrullan las curvas de tus senos;

y aunque se abren tus muslos temblorosos,

brindándose la oferta de tu sexo,

no asciende por el ángulo convulso

la determinación del miembro erecto;

mas se descuelga sobre vientre y pubis

tenso equipo de tactos, hervidero

de recursos y modos y fricciones

que ignorara el amante más experto.

Flota en círculos, roza, se sumerge,

ojos cerrados, labios entreabiertos...

¿En qué piensas, en quién, cuando el orgasmo

es sólo una mitad, aun siendo entero?

 

Francisco Álvarez Hidalgo